5 ago. 2011

El Cambio

"Bueno, nunca he hablado de mí, así que solo diré que el nombre que me encasquetaron es el de “Yvonne Laroche”, y pensaréis: ¿por qué tienes nombre de francesa si vives en Moscú?” Simplemente, soy inmigrante aquí. Mi vestimenta es simple, camisetas anchas, y pantalones rotos, comprados así o deteriorados con el tiempo. Claro, en el fondo del armario siempre hay hueco para una prenda bonita. Y amo la música, parece un poco tonto, pero no puedo salir sin mis cascos y mis canciones. Algún día seré cantante, cuando salga de esta mierda de vida."


Dio comienzo un nuevo día. Como de costumbre me despertó el mismo alboroto de siempre de todos mis vecinos. Bebés llorando, hombres y mujeres gritando… pero como ya he dicho, es lo de siempre. Mi padre estaba tirado en el sofá, y como no, apestando a alcohol. Las botellas de whisky estaban esparcidas por el piso, y para evitar sus quejas y a ser posible, su agresión, recogí lo mejor posible.

De mi hermano solo decir que tras abrir la puerta de su habitación cerrada con llave (siempre guarda una llave en uno de los cajones que hay cerca de su puerta) vi que no estaba en ella. Lo malo es que antes de averiguar que no estaba mi vecino me advirtió que la policía había estado preguntando por él.

En fin, tocaba salir a buscarlo. Fui al garito al cual suele ir, y en un almacén lo encontré con un pitillo. Bueno, tiene diecisiete años, pero el muy imbécil se cree que tiene más. Cuando me vio, salió corriendo dejando caer el cigarro.

Una vez alcanzado le eché la bronca. ¿Qué pasa? Sigo siendo la hermana mayor, y aunque pase de mí como yo de él, al menos tengo que intentar que no lo metan en la cárcel por lo que sea. Acabamos golpeándonos, aún no ha superado lo de que nuestra madre se fuera… y sí, me encantaría imitarla, porque fue lo único coherente que hizo en su triste vida. Lo peor es que ni siquiera intentó sacarnos a nosotros de esta mierda, y al irse las cosas decayeron.

Encontré a mi padre, con el propósito de comprar alcohol. Pocas veces le he reprochado el hecho de que se gastara el dinero en ello, más que nada porque siempre acaba mal. Así que simplemente lo hice y después le di la razón como a los locos.

Al volver a casa para preparar la dichosa cena, me encontré con Andrea, una vieja amiga. Su padre la había echado de casa y necesitaba refugio. La dejé quedarse a cambio de que me ayudara con las cosas del “hogar”. Mi padre quiso que ella pagara por quedarse, y pensé “claro, para gastártelo tú en whisky”. Y como ya estaba harta de todo, decidí imitar a mi madre. Andrea y yo nos iríamos por la mañana.

Durante la noche cogí dinero a mi padre y a mi hermano. Pero… a mi hermano le descubrí otra cosa. En su chaqueta había una 9mm, y además olía a que había sido disparada. “¿Qué coño has hecho, Jack?”. Pero viendo la vida que tenemos, no me extraña… cogí el arma y me la llevé también por si las moscas.

Una vez recogidas mis cosas, desperté a Andrea. Su nariz estaba sangrando, y le pedí explicaciones. Tiró a la borda su vida de estudiante universitaria por culpa de la coca. Yo no tengo nada que reprocharle, fumo y he hecho cosas de las que me arrepiento. En fin, si ella quisiera dejarlo yo la ayudaría.

Allá íbamos, a la salida. Abrí la puerta de la entrada y… una figura misteriosa se encontraba en frente. Hizo algo que provocó que saliera lanzada hacia atrás, y después todo se volvió oscuro.

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La cabeza me dolía, tenía algo de sangre. Andrea yacía a mi lado, pero estaba inconsciente y no se despertaba. En el salón, mi padre seguía tirado en el sofá como de costumbre, salvo que tenía el rostro calcinado… y no tenía pulso. Mantuve la calma, eso no podía estar pasando. Entonces pensé en Jack y corrí a buscarlo. Al final acabé subiendo por las escaleras de emergencia, pues su puerta estaba atrancada tal vez con el escritorio.

Ahí dentro olía a carne quemada, como el rostro de mi padre. Jack no estaba, solo quedaban algunos pedazos de su chupa, con salpicones de sangre. Quizá… también había muerto. No, mi hermano no… Puede que si no le hubiera quitado el arma se podría haber defendido. La culpa me invadió, y al instante algo parecía estar abriendo la puerta. No podía ver bien debido a que una especie de luz me cegaba, pero al menos vi las figuras de dos hombre y una mujer.

-Hemos llegado tarde.

-Menuda masacre…

Parecía que iban a marcharse, y a pesar de tener el corazón en un puño, era obvio que esa gente sabía lo que estaba pasando, así que pude preguntar.

-¿Qué ha pasado? ¿Quiénes sois?

-¿Puedes vernos?- Preguntó uno de ellos.

-¡Claro que puedo!-Grité nerviosa.- ¿Estoy soñando, verdad?

-No, no estás soñando. Eres un Otro.

-¿Estoy muerta?- “Adiós a mis sueños”, pensé.

-No. Tú vida a partir de ahora va a cambiar de cómo la conocías. Ahora, necesitas descansar.

De nuevo oscuridad, la incertidumbre y el miedo de haberlo perdido todo de esa forma.

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