8 ago. 2011

Comienzos II

A veces hablaban de cosas que no entendía. Cosas que tenían que ver con la nobleza, el oro, matrimonios de conveniencia, algo llamado usurpación… pero era tan aburrido que no me paraba a escucharlo. Vivía feliz mientras las personas de mí alrededor trabajaban. Mientras tanto yo estudiaba y mi madre me enseñaba a ser lo que se llama “una señorita” al mismo tiempo que mi padre se encargaba de otros asuntos. A veces también me enseñaba cosas, o cuando había un baile me colocaba sobre sus pies para que juntos bailáramos como los demás. Era noble, pero cuando no estaba de viaje o encargándose de otras cosas era un buen padre. Lo entendía, tenía que mantener a su familia.

Un día hicimos otro largo viaje. Cuando tenía cuarenta años (ocho humanos) recuerdo que nos preparamos para ir a conocer a quién era mi tía. El camino fue duradero, mis padres conversaban y no me hacían demasiado caso, y Iefel estudiaba de un libro muy extraño. Parecía que detrás de ese libro había otro, y de vez en cuando miraba a mis padres quizá con… ¿cautela? Aún así no me interesé demasiado por ello, y como nadie me hacía caso me aburrí y… me desesperé y desesperé a los demás con preguntas.

Al llegar a un enorme castillo, escoltados fuimos al encuentro con mi tía. Me dijeron que su nombre era Lys. Físicamente era muy parecida a mi madre, el cabello rubio y algunas fracciones del rostro. Pero no se le podía comparar… las ondas perfectas del cabello de mi madre que se creaban al caer sobre la espalda, aquella sonrisa sincera totalmente opuesta a la de mi tía, sus movimientos rítmicos cada vez que caminaba o la delicadeza con la que trataba todo lo que sostenía en sus manos. Así era mi madre, todo lo contrario a mi tía, pero tengo que admitir que la primera vez que la vi me fascinó. Se notaba el porte, la elegancia y… su frialdad. Sí, no lo sabía entonces, pero con los años descubrí que aquella admiración quería convertirse en imitación. Con esa edad los niños no tienen la suficiente astucia como para pensar en ser fríos, y yo era la niña más tierna. Eso decían por el palacio, al menos.

No recuerdo más de aquella visita, pues fue corta y monótona. Pero mantuve aquella imagen de mi tía bien guardada en mi fuero interno, mientras crecía a imagen de mi madre.

Toda una señorita, me decían. A pesar de insistir con que quería aprender a luchar con espada, estuvieron siempre en contra, incluso Iefel mostró su desacuerdo a pesar de no tener voz para elegir. Así que para compensarme permitieron que aprendiera a usar el arco. Las clases eran absurdas… cómo coger el arco, como lanzar las flechas, la posición del brazo y la fuerza. Todo era teoría y nada de práctica salvo en un par de clases. Y no pude lanzar ni una flecha.

Por lo que un día decidí saltarme las clases y explorar en busca de algo. Y sí, di con ello. Porque ya llevaba demasiados meses practicando con un triste palo de forma clandestina por las noches, y ya estaba preparada para probar con algo más pesado y, ¿por qué no? Peligroso. Y es que ya tenía cincuenta años, ¡era lo suficiente mayor como para conseguir mi primera espada! Y entre todas las armas que encontré, hallé a Scarlet, la primera. Sí, a todas mis espadas las llamo igual, porque adoro el color rojo, y mi espada debe hacer honor a su nombre. Era la más ligera de todas, perfecta para mí. Y lejos de miradas acusadoras, en un escondite que encontré dentro del palacio, comencé a practicar.

Pasaron… dos, tres años quizá, a veces me cortaba mientras practicaba y cuando me preguntaban respondía que me había caído sobre plantas con espinas o… algunas excusas más. Pero no parecían creerme. Aún así nunca me pillaron. Ya sabía cómo manejarla, había utilizado almohadas, mantas, percheros de madera… cosas que pasaban desapercibido si desaparecían, porque hasta que no destrozaba sin piedad cada cosa no me sentía realizada. Una vez casi me corto un pie porque dejé caer la espada demasiado cerca, pero por suerte solo fue un susto que nadie conoció.

Entonces una noche mientras dormía escuché jaleo provenir del exterior. Escuché a mujeres gritando y hombres dando órdenes. Me asomé y vi a todo el mundo corriendo de un lado para otro. Guardias armados hasta los dientes corriendo hacia una dirección, y mujeres y sirvientes corriendo hacia otra. Entre el barullo me dejé llevar por la dirección de los hombres, y en un punto del castillo me dirigí hacia mi escondite para coger a Scarlet. Ya era el momento de ponerme a prueba, esta vez no podía huir pasase lo que pasase. Ni siquiera tenía armadura como los demás, pero sabía que no me haría falta. Pero tenía mi ropa de monta, que me hacía parecer más fuerte. Ya estaba harta de esos estúpidos vestidos que me obligaban llevar, eran incómodos para practicar. Así que guardaba ese tipo de ropaje junto con mi espada.

Y mientras corría de nuevo hacia el exterior, me escondí de quienes sabía que me obligarían a retroceder y me metí de nuevo entre la multitud. Entonces se escuchaba más cerca, el sonido de las espadas chocando entre sí, o incrustándose en el cuerpo de alguien. “¡Nos asaltan!” Escuché varias veces. De repente un hombre me empujó tirándome al suelo, pero antes de que consiguiese atravesarme con el filo de su arma, conseguí dar vueltas sobre mí misma para ponerme en posición de ataque. Había visto muchas veces al maestro Aegon entrenar a sus discípulos, y más o menos sabía qué hacer. Nuestras espadas comenzaron a chocar, era increíble, ¡estaba luchando! Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, era increíble, excitante, una explosión de sentimientos. Alguien acometió contra mi rival antes de poder asestarle el golpe definitivo. Aquel día no maté a nadie, solo escuché los gritos de algunos hombres que me habían descubierto. Vi al maestro contemplarme incrédulo, fue una fracción de segundo en la cual me di cuenta de aquello, un segundo lo suficientemente largo como para que otra persona me atacase por la espalda, clavándome un puñal en el hombro. El miedo, la sangre, el jaleo… eran suficiente para provocar que todo se oscureciera de pronto.

Desperté a los días. Mi padre me gritó, mi madre rompió a llorar y Iefel me miraba encolerizado. ¿Olvidé añadir quizás que mi madre estaba encinta? No sabía que al pasarlo mal se podía perder un bebé, pero mi padre me lo dejó clarísimo. Me sentí fatal pensando que casi maté a mi hermanito, al que aún no conocía.

Ya me habían hundido la moral, casi había decidido no volver a coger una espada, cuando de pronto escuché una conversación. El maestro estaba hablando de mí, era increíble. Nunca lo escuché pronunciar mi nombre hasta ese día. Aún estaba vendada y había pasado horas llorando, incluso mi hermano vino a tranquilizarme a pesar de todo, al igual que mi madre, mientras mi padre nos observaba con pesar. Pero en ese momento lo escuché. Primero habló de mi irresponsabilidad, de todo el daño que podría haber causado. Y después de… ¿mi talento? Entonces pidió permiso para enseñarme, haciéndose responsable de mis descuidos y no entiendo el por qué de la historia, pero lo extraño fue que aceptaron.

Me prometió que iba a ser duro, y que volvería a la cama sin ganas de repetir al día siguiente. Y tenía razón, quise darme por vencida en numerosas ocasiones, y los hematomas de mi cuerpo me incitaban a hacerlo. Pero… sabía que algún día sería buena. Y hasta ese día no dejaría de luchar para ser una gran guerrera.

8 comentarios:

  1. Y entonces, el mundo entero tembló, porque por fin Kyra tuvo permiso para tener una espada...
    ¡Huid! ¡Salvad vuestras vidas!
    - Ethan

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  2. Maldito rompe recuerdos. ¿No tienes nada más que decir?

    ~Kyra~

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  3. Que me alegro de que cogieses una espada. Sin ella, no habrías llegado tan lejos. Y no te habría conocido
    - Ethan

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  4. ¿Ves? Y todo gracias a un pequeño asalto a mi castillo y un casi disgusto. Pero merecieron la pena.

    ~Kyra~

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  5. Bien, visto así... parece que sí
    · Iefel

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  6. Lo que yo te diga, ¿ves Iefel? Si no hubiera hecho eso no habría podido rescatarte y te hubieras perdido otras cosas tú también. Si es que... el Destino se las apaña para guiarnos a su antojo.

    ~Kyra~

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  7. El Destino no huye, solo fluye. Pero que mística soy, déjame, por algo en lo que creo ciegamente déjame deleitarme echándole la culpa a él.

    ~Kyra~

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