7 ago. 2011

Comienzos I

Dicen que los niños no comienzan a tener conciencia hasta los seis años. Supongo que se referirá a los niños humanos. Algunos recuerdos antes de tenerla, borrosos, se cruzan por mi mente. Una caricia de mi madre mientras fingía que dormía, el aroma de las flores que recogíamos cuando salíamos de excursión, las primeras y aburridas clases que me daba, el sonido de las páginas pasar cuando Iefel leía en solitario y yo le espiaba para averiguar si hacía algo más interesante que eso, alguna regañina por haberme portado mal o un beso en una herida cuando me caía. Las largas charlas de padre explicando qué tendríamos que hacer al crecer y las risas de amigos que solían marcharse pronto dejándome con pocos recuerdos.

Pocos recuerdos de lo que fue mi primer viaje, con mi padre, mi madre, Iefel… y toda la escolta, claro está. Creo que fue muy aburrido, y el camino eterno. Incluso a mi madre, que solía ser la más tranquila de los cuatro, se cansó de mis preguntas. Pero en fin, era la primera vez que salía y había mucho que descubrir. Tampoco recuerdo bien lo que fuimos a hacer.

El único recuerdo claro que tengo es el de aquel día en las catacumbas de palacio. Pero eso es otra historia. Quizá fue a partir de entonces cuando empecé a ver mejor las cosas.

Entonces un día el tiempo se puso en marcha, y los recuerdos se hicieron más claros. Quizá cuando tenía treinta años fue el momento clave para crearlos. Parecen muchos, ¿verdad? Bueno, para los humanos son solo seis tiernos años, para los elfos, treinta dulces años. Mismo concepto, diferente cantidad.

Recuerdo tener el pelo mucho más corto en ese entonces, y mis rizos de hoy en día no estaban tan pronunciados. El cabello de madre siempre me causaba envidia, pero ella me consolaba diciéndome que cuando fuera mayor lo tendría igual de hermoso. Las fracciones de mi rostro tendían a ser redondas, además sí, mi cuerpo también las imitaba. Desde siempre me ha encantado comer, y a esa edad no practicaba demasiado ejercicio. Iefel sin embargo siempre ha estado delgado. Aunque cuando tenía cincuenta años (nueve humanos) tenía el pelo algo más largo, y era igual de alto que yo. Pero eso cambió en algún momento de nuestra vida. No sé cuando comenzó a leer, pero no guardo ningún recuerdo de él sin un libro cerca. Creo que alguna vez jugó conmigo a peleas, y otras veces nos peleábamos de verdad. Pero jamás utilizando la fuerza. Bueno, yo sí, pero algún que otro manotazo que no hacía daño a nadie. Claro está, me reñían después, y pronto aprendí a respetar. Aún así, también jugábamos muchas veces a otros juegos menos violentos como me gustaban a mí, y menos aburridos como le gustaban a él. Y ambos disfrutábamos.

No sé por qué, pero un día decidieron concederme un protector oficial. Así podría salir del palacio cuando quisiera (con permiso, claro) sin tener que molestar a nadie aparte de a él. Además de más obligaciones a las que tenía que atender. Era un buen elfo. Le cogí mucho aprecio, pues pasaba gran parte de los días con él. Su nombre era Cederik. Me gustaba como se recogía el cabello, lo tenía en una trenza de espiga que le llegaba hasta la cintura. Conocía a pocos elfos que llevasen el pelo tan largo. A veces me sonreía mientras me observaba con aquellos ojos color ambar, que expresaban una tristeza de la que nunca supe su procedencia. Otras veces desaparecía y una sonrisa sincera se dibujaba en su rostro. Era un adulto, como casi todos los elfos que conocía, pero era divertido. Excepto cuando se ponía serio, claro está.

Un día mientras daba clases, leí en algún libro o escuché a alguien decir algo acerca de unos melocotones que crecían cerca. Tenían un color rosado apetecible, y su fruto era como pequeñas semillas que dormían en su interior. Los había probado alguna vez, pero los de palacio no me interesaban. Solían estar blanduchos y poco apetecibles, y a pesar de que me insistieron para olvidarme de buscarlos fuera acabé haciéndolo.

Cederik me acompañaba, como no. Era la mejor compañía que podía tener entonces. Hablamos de muchas cosas durante el camino. No quise ir a caballo, pues aún estaba aprendiendo y no quería que él me llevara, porque deseaba cabalgar algún día libremente. Además quería dar un paseo. Llegamos a dónde crecían aquellos melocotones, no había muchos, en esa temporada la sequía decidió visitarnos. Así que solo cogí cinco. Uno para mí, otros para mi familia y el último para Cederik.

Entonces ocurrió. Todo fue muy rápido. Unos hombres extraños aparecieron en nuestro camino de vuelta, bloqueando la salida. Cederik se puso delante y sacó su espada. Nunca lo vi teniendo que hacer uso de ella, y el sonido que hizo mientras se desenfundaba me embelesó. Luego el miedo al ver que aquellos hombres lo imitaban, y el sonido de sus espadas chocando. No recuerdo cómo, pero al instante me vi corriendo sola, hacia el palacio. Llegué y al verme sola comenzaron las preguntas.

Jamás volví a ver a Cederik.

Cuando me enteré de la noticia, aún sostenía aquellos dichosos melocotones, frutos no solo del Sol y del agua, sino también de mis caprichos. Los tiré al suelo, asqueada, y me escondí para reprocharme el hecho de haber abandonado a mi amigo, el hecho de haber dejado que lo matasen…

Fue el momento en el cual decidí que no podía permitir más muertes por mi causa. No más debilidad ni cobardía. Algún día aprendería a luchar con espada, y demostrar así a Cederik que la cobarde a la que tenía que proteger no se dejaría vencer jamás.

1 comentario:

  1. Dudo que él pensara que eras cobarde. Era su cometido, y también su deseo, que estuvieses a salvo
    · Iefel

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