1 oct. 2015

Amanece un nuevo día en el que siento la fuerza de los hombres que lucharían a mi lado regocijarse porque vivirán en paz un día más. Mi querida hermana ya se ha marchado, atendiendo a mis deseos con una suerte que ahora envidio. Pero es lo que decidí hacer porque sabía que lo haría mejor que él, que nuestro padre.

Todo parece volver a la normalidad, a pesar de las incógnitas que nos ha dejado ese misterioso hombre. Parecía ansiar toda destrucción posible y sin miramientos. Y ante la dulce presencia de mi hermana se olvida de todo. El perfecto anfitrión, el viajero misterioso, el hombre de mil mundos con el conocimiento necesario para evolucionar como sociedad.

Las sospechas abundan y no me dejan descansar del todo.

El Caído se ha marchado llevándose parte de mí en su camino. Parte de mi tranquilidad, de mi sueño, de mis esperanzas. De las ideas sobre llevar una vida en calma tras este preludio demasiado largo a una batalla feroz. Ha sido quizás el periodo más agotador de mi vida, pues mis manos tiemblan, mi piel arde, mi pensamiento se nubla. Muchas cosas parecen haber cambiado y en cierto modo celebro que ella no pueda verme. La excusa de ser el último en abandonar el lugar como el capitán de un navío será perfecta, habrá tiempo para recuperarme entonces.

Esta extraña enfermedad parece larga, y ojalá me equivoque en aventurar sobre ella.

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