18 oct. 2015

La carrera hacia ese encuentro había sido el trayecto más largo de mi vida. Temía encontrar mi destino y a la vez no hacerlo, porque aquello sería una auténtica locura. No me imaginaba acompañado de nadie, en ninguna otra circunstancia salvo esta.

Nadie podría entender esta soledad, tampoco la alegría de encontrar a mi única hermana. Esa persona que me rescató de tantas veces que mi vida se caía a pedazos, esa persona que nos abandonó cuando realmente no podía más. Nadie entiende su sacrificio, ni siquiera después de todo este tiempo. Su hija, alejada del dolor de ese abandono por parte de alguien que no llegó a conocer... es ella quien lo entiende.

Ha sido capaz de apartar su velo de rabia y mirar a través.

Igual que yo miro ahora su figura. Junto al río, dejándose llevar por el sonido del agua, entrenando con un arma que parece ser una prolongación de su cuerpo. No tarda demasiado tiempo en advertirme. Me observa, asustada. Siento su miedo porque es igual que el mío.

Y aunque no sepamos qué será de nosotros después de este encuentro, ninguno de los dos duda mucho más tiempo hasta encontrarnos en un abrazo. Ella abandona la espada, su eterna compañera. Yo abandono mis miedos, la presencia que nunca me abandona.

- Bienvenida a casa.

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