13 oct. 2015

Como la noche y el día

En ocasiones me mareaba por tanto dolor. Pero cerraba los ojos e imaginaba dos luces sobre mi vientre, dándome calor. Esas me ayudaban a seguir luchando por mí, por ellos. No olvidaba el dolor, pero consolaba parte de él. Y también lo hacían los ojos de Noruber, otras dos luces que me animaban a seguir adelante porque me gritaban en silencio que seguirían mirándome así durante mucho más tiempo en nuestra vida.

Llegó Raziel, con un suave llanto que al instante cambió la atmósfera de la habitación. El dolor cesó unos instantes y casi al completo cuando vi ese rostro pequeño, rosado. Lloraba, le vería hacerlo durante mucho tiempo, pero sentí la necesidad de consolarle como haría en todas esas ocasiones. Sin embargo, no pude. De nuevo sentí la punzada del dolor en mi vientre. Ya queda menos, mi otra luz está a punto de acompañar a su hermano, al que ahora asean y acomodan. Quiero darme prisa para tener a los dos en mis brazos, poder abrazarles y besar sus pequeñas mejillas. Pero no puedo, debo armarme de paciencia y esperar a que mi otro bebé llegue, a su ritmo, con cuidado...

Pero algo iba mal.
Lo sentí en mis entrañas, como si la luz que antes me daba calor se estuviera apagando. Ya no pude esperar, algo me decía que debía empujar más.
Al sentirme al fin lejos de ese dolor, cerré los ojos e intenté escuchar. Pero no oí nada, lo cual me hizo abrir mis ojos de nuevo para descubir a la pequeña de piel pálida, con los ojos cerrados, sin llorar.

Les pedí que la hicieran llorar, casí sentí quebrar mi corazón. Xanos se la llevó y temí no volver a ver esa pequeña carita. Noruber me consolaba mientras yo casi gritaba por mi niña, y aunque él pretendía transmitirme un falso optimismo, vi en su mirada ese sufrimiento velado.
Pero todo cambió cuando escuché el pequeño llanto de Sira lejos de mí. De nuevo, mi corazón volvió a latir. Dejó de hacerlo durante dos minutos, al menos... Pero al fin respiré. Como ella lo hacía.

Mis dos pequeños, en mi pecho. Las dos luces por las que lucharé para que nunca se extingan.

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