13 oct. 2015

La hora había llegado y ninguno parecía tener claro cómo reaccionar a ello. Algunos parecían recordar cómo era cuando lo vivimos por primera vez, otros no tenían tanta suerte. Por ejemplo, Iefel ya había tenido dos breves desmayos desde que Xanos acogió la situación. Su frialdad me resultaba envidiable, pero tenía suerte de no tenerla. De sentirme como él, no estaría a punto de ser abuelo.

Mis manos ya casi están rojas de tanto masajearlas entre sí, nervioso mientras miro un punto fijo. Escucho a Hob caminar alrededor, mientras atiende a su vez a Tirsa. Hay muchas cosas terribles sucediendo en el mundo, algunas de ellas que nos afectan de forma directa. Pero todo puede detenerse ahora, todo se ha detenido ahora, para esperar a que esas maravillosas criaturas lleguen al mundo.

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Hay demasiado fuego en mí. Ahora mismo desearía estar en muchas partes, tantas como cosas que tengo que hacer. Pero sobre todas ellas deseo volar, desahogar todo este fuego que me hace estar inquieto. El motivo de esa sensación está haciendo sonreír a todos, incluso a Ethan aunque no sea consciente de ello.

La suave brisa acaricia mi rostro en mi búsqueda de tranquilidad y de aire. El futuro se avecina en cierto modo terrible. Las frágiles vidas que están a punto de llegar, si es que viven siendo tan tempranas, serán nuevos blancos para nuestros enemigos. Además de distracciones, perderemos una poderosa aliada que no debe atender a otra cosa que no sean sus hijos.

Oscuras nubes en un tiempo tan feliz. Ojalá pudiera eliminarlas de nuestro cielo.

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Nunca he sido un hombre que depositara su confianza en los dioses. Estos no parecían escuchar más que a los hombres que se humillaban para ver sus milagros que a veces eran crueles castigos o extrañas suertes que no coincidían con sus plegarias. Decidí obrar por mí mismo mis propios milagros como era la supervivencia, y con esa voluntad conocí al hombre que me permitiría vivir.

Gracias a él, conocí a la mujer que hoy me sigue permitiendo respirar.

Puede que sea la lección, la demostración de que siguen ahí, observándome. No lo sé. Pero si realmente están allí, lo único que puedo pedirles y que les pediré jamás es que los dejen vivir a los tres, felices, a mi lado hasta que pueda mantenerme en pie. Y así poder creer, tener fe a través de ellos.

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