17 jul. 2015

El paso del tiempo no existía. Me consolaba pensando en ello. Podía ser incluso que hacía apenas unas horas que me mantenían encerrado. La caída infinita con la que algunos infelices eran castigados, no lo suficientemente fuertes como para aguantar la marca, era a veces un destino deseable.

Las cadenas que me sostenían arrodillado ya hacían marcas imposibles en mi piel, y me recordarían lo sufrido allí aunque fuera imposible escapar para mí. No recordaría nada cuando cumpliera el plan que tenían reservado para mí. Quería ser el que menos gritase cuando me llevasen a las alturas, desprovisto de mente, de la capacidad para sufrir. Quizás incluso podría precipitarme al abismo que pude adivinar cuando llegué aquí. Recuerdo la tormenta bajo nuestros pies, como si las nubes fueran el agua y nuestra posición... algo supraterrenal.


Escucho la voz en mi cabeza, deseosa de mi sometimiento. Es un camino a seguir con tantas salidas que apenas puedo ser consciente de ellas. Podría incluso evitar mi tortura, mi destino preparado. Pero siempre he luchado, hasta la más adversa situación por los demás. Quería también, por una vez, luchar por mí mismo. Y también por la niña que viaja a mi lado, aunque no tenga claro en qué momento se ha unido a mí. Solo sé que me ha liberado, sin saber todavía si ha sido para bien o para mal en su vida.

Somos almas perdidas que escalan en una torre, ascendiendo hacia las fauces de una deidad hambrienta de mundos.

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