14 jul. 2015

El ajedrez es la representación de todas las luchas en todas las eras en todas las circunstancias. Es el combate interminable, la quimera que nos hace creernos capaces de manejar los hilos en la eterna lucha entre opuestos. Cuando en realidad, no somos más que peones en un tablero mucho mayor.

Me consumen los pensamientos y ya apenas recuerdo lo que he dicho en voz alta entre estas paredes. Nadie me escuchará, solo el papiro recuerda mis palabras. A veces me contradigo pero tardo horas en descubrirme en mi error. Pero no evoluciono. Están atrapados, esos hilos de pensamiento, igual que mi cuerpo en esta habitación.

Esas piezas de ajedrez se mantienen siempre a la espera de enfrentarse, de iniciar una nueva batalla representando cualquier causa, bandera o ideal. Pero las envidio, en cualquiera de sus bandos, por saberse en igualdad de condiciones que sus rivales. Ellas saben que esperan y solo las diferencia la astucia de aquel que las guiará. En cambio, servidor, preso e ignorante de lo que quieran de mí, no sé contra qué debo combatir. La muchacha me inspira confianza, me ha brindado un papel que no sé si me pertenece pero que me abre la curiosidad hacia un bonito pasado. Todo podría formar parte de la misma amenaza, haciendome confiar y abandonar mis miedos que a la vez tanto me agotan. No sé si quiero o puedo dejarme arrastrar por los hermosos sentimientos que sus ojos me inspiran.

Tengo tanto miedo al vacío de mis recuerdos. Casi tanto como a la negrura de mi futuro, donde caben tantos peligros que ni siquiera podría contarlos.

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