27 dic. 2014

En mis manos

Aún no me lo puedo creer. Dios... es como si... como si estuviera en un maldito cuento de Edgar Allan Poe. Tengo miedo de gritar en mitad del Elíseo algo parecido a "¡ese corazón delator!". Pero el corazón está atravesado por una estaca. Y su cuerpo yace eternamente, si nadie lo descubre, bajo tierra.

No, no puedo creer que Daniel haya hecho algo así. Mi plan era diferente, no me iba a manchar las manos. Pero ahora ambos tenemos un secreto. Un terrible y oscuro secreto que puede atraernos serios problemas.
No está muerto pero... no podrá despertar.

Estoy pensando en desenterrarlo y esconderlo en otra parte para que Daniel no lo encuentre de nuevo, arrepentido, y lo salve. O evitar que sepan que fue él. También estoy pensando en desenterrarlo pero para dejar que la luz del sol le abrase y le consuma para siempre en cenizas.
Le quería muerto, a mi merced. Y ahora tengo su miserable vida en mis manos. Lo peor de todo es que no sé qué hacer con este poder.
¿Matarle? ¿Dejarle vivir? ¿Salvarle? No... eso último no. Merece sufrir, merece morir.

Puede que le acabe matando.
Total, me he dado cuenta que tampoco está tan mal. Todo el mundo tiene que morir algún día.

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