21 dic. 2014

Quería sentirme libre, por una vez, completo.
Nunca había tenido afinidad con los que había considerado míos, pero aquí estamos, ¿no es cierto? Ignoro el tiempo que tardamos en llegar, porque en inicio no íbamos a ninguna parte. Pero seguimos nuestro camino a través de las nubes, sintiéndonos vacíos de todo...

Hemos huido de la noche, buscando atardeceres a lo largo y ancho de nuestro mundo.
Ninguno de los dos parece ya el mismo que era, después de tanto tiempo sin encontrarnos. Algo terrible se esconde en su mirada, algo que no quiere contarme.

Por más que insista, algo le impide contarme lo que le roba el sueño, en las pocas horas que nos permitimos cerrar los ojos. Así que sentados el uno al lado del otro, contemplando como las olas impactan casi apaciblemente contra el acantilado que hemos declarado nuestro.
Su cabeza reposa tranquilamente sobre mi hombro, e ignoro por donde vagan tanto sus pensamientos como su mirada. Pero no la siento lejana. Suspira, y yo decido romper ese silencio.

- A veces tu silencio me inquieta.

Ella se incorpora, agachando la cabeza, ¿quizás avergonzada?

- Lo lamento...
- No, no era eso... - me incorporé yo también, intentando ordenar lo que sabía, lo que pensaba y lo que sospechaba, que no era una mezcla fácil de asimilar. - Son otras muchas cosas, que no terminan de tener sentido en mi mente. - le confieso, mirándola ahora.

Al instante veo que comprende lo que intento expresar, pero se limita a sonreír y a abrazarse a sí misma, como si pudiera o quisiera restarle importancia. Acepto ese silencio como una invitación a continuar.

- Hace tanto que no sé de ti, de tus sueños, tus ambiciones... Hasta ahora, que llegas para alejarme de todo lo que amo, sin apenas explicarme qué es lo que pasa... y con una pena secreta que no terminas de poder ocultar. ¿Qué es lo que ocurre para que me buscaras?

Le dejo que encuentre las palabras, pues el tiempo no es algo que nos importe en estos instantes.

- En cierto modo, te envidio... pues creo que siempre tendrás un lugar al que volver, con los que te consideran familia. ¿Pero qué ocurriría si lo perdieses todo? ¿A dónde irías? ¿Qué harías?

Entendí entonces, y no podía imaginarme el abismo que sería estar totalmente solo. ¿Era acaso lo único que le quedaba? ¿Qué había ocurrido para que se viese así?
No pude más que alzarme con tal de sostenerla, de dejarle claro que no estaba sola de ninguna de las maneras.

- No voy a abandonarte, ni tampoco a hacerte sentir sola... Pero necesito volver a casa, con los míos. Ven conmigo, y no te faltará de nada. - le propongo, y busco su mirada.

Ella me mira, asustada, insegura, aunque con un brillo de esperanza ante esa perspectiva. Finalmente, asiente y acepta a acompañarme. Volvemos a casa.

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