26 dic. 2014

Cuando regresé por fin entre las paredes que me brindaban protección y confianza, apenas podía creer lo que había hecho. Los pensamientos me rondaban, pero se asentaron con terrible lentitud cuando me detuve.

Mis pasos resonaban sobre esa piedra con increíble estruendo, ¿o es que acaso esperaba que nadie me escuchase? No tardé demasiado en comprobar que así era.

La insidiosa Anthica estaba sentada en la biblioteca, fingiendo degustar de una buena lectura, hasta que me vio. Cerró el libro y alzó la cabeza solo para liberar una burlona carcajada. Me había visto, escuchado, o cualquier otra cosa para conocer lo que había ocurrido.
Por suerte, le gustaba conocer, no delatar. El juego de que ese juguete que era la información era solo suyo la absorbía bastante, para mi suerte.

Así que me dejó estar, huir hacia mis aposentos, donde aquel gran balcón me esperaba para contemplar mi infinito crepúsculo.
En este día la extraño más que nunca. He vuelto a decir, he confesado, que la amaba. Cada día me repito que la extraño, cada vez me falta más, y cada vez siento menos apego a este mundo donde ella ya no está.

Él quizás no merezca la verdad, por no saber mantenerla a su lado, por hacerla infeliz mirando solo por sí mismo. Pero ¿la hija? ¿Se merece saber más? ¿Todo lo que ocurrió?
Cambiaría su mundo, y ya bastantes hemos sufrido por algo así, siendo extraños en nuestra propia piel.

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