8 dic. 2014

Mi vida y mis decisiones tienen un alto precio. No por lo que conllevan, si no por todo lo que he de hacer para ganarme el derecho a ello. A vivir y a decidir.
Si no fuera por la chica de las amapolas, que a cada momento se sacrifica y se desvive por ayudarme... no sé qué sería de mí.

Pues mi vida ya ha sido dictada, de principio a fin, sin nada que pueda hacer para remediarlo.
¿Cómo luchar contra los intereses de todos los indeseables que hay a mi alrededor? ¿Cómo seguir sobreviviendo si una hoja afilada me amenaza, por un motivo u otro? ¿Soy acaso el único ser que vive de este modo? No quiero caer en la paranoia y el miedo, como mi padre hizo. Tuvo miedo de todo y por ese motivo tuvo tan cruento final.

Necesité de su mirada aprobadora cuando maté al campeón que intentaba arrebatarme de mi matrimonio, para saber que estaba haciendo lo que debía hacer.
Los consejos de mi corte son acertados, sabios, mirando hacia el futuro. Pero quien mantiene mi cordura, mis ganas de vivir un amanecer más, sin duda es ella.

Ahora estamos juntos en una aventura, pero el final de la misma es un auténtico desconocido. Ella habla, me mira y me oculta sus emociones.
Nos hemos embarcado en algo, intentando protegernos, que ahora temo. ¿Y si realmente todo esto acaba destruyendo lo que hemos construido juntos? No puede imaginarse lo mucho que he llegado a apreciarla, a quererla, a tenerla como amiga. Y aunque mi corazón pida algo más, no es necesario. No ahora, no tan rápido, no tan precipitado.
Sus abrazos me hacen sentir menos solo.
Sus caricias son un bálsamo para mi alma.
¿Cómo podría vivir sin algo así?

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