25 dic. 2014

La conversación se desarrollaba con normalidad, aunque terriblemente aburrida para mí. Sin mayores preocupaciones.

- Entonces, ¿están al llegar?
- Eso parece, si nada se lo impide.
- Preparad entonces sus aposentos, vamos a...

Y hubiera seguido hablando si no fuera por el impacto del diminuto ave contra mi cara, ese maldito colibrí, un pequeño pajarito histérico que conocía bien gracias a mi hija..
Se movía de un lado para a otro, incluso intentaba tirar de mi pechera con su diminuto cuerpo, siempre hacia el exterior. Algo no iba bien. Suspiré, temiendo algo malo con respecto a mi pequeña.

- Llamad a la guardia.

No tenía tiempo para tomar mis armas, apenas para tomar mi capa una vez más y dirigirme hacia donde la pequeña criatura quería guiarme.
Pero escuché que algunos de sus hombres le seguían.

Y cuando por fin llegué, la escena me heló la sangre. Esperaba problemas, esperaba miedo. Pero no aquella dantesca escena en la que la sangre cubría a mi hija y al que era en otro tiempo su amigo. ¿Estaban muertos? Me arrojé sobre su cuerpo, y volví a respirar con mayor vida que nunca cuando sentí que todavía en su pecho latía su joven corazón. Nada más me importaba, solo quedaba llevarla a salvo.

La tomé en mis brazos, esperando a que recogieran también al muchacho. Y las voces de mis hombres parecían llegar de muy lejos.

- Parecen... huargos, milord.

Giré mi cabeza hacia el que había expresado esas palabras. Miré las huellas que quedaban... junto con otras. Montones de ellas, mucho más pequeñas... quizás de lobo.
Todo indicaba a que no deberían estar mucho más tiempo en ese lugar. No tardamos en cumplir la retirada, escuchando aullidos en la distancia, que aterrorizaban a mis hombres. Pero al menos ella estaba a salvo, conmigo, a punto de recibir los cuidados que necesitaba.

Y pronto también se acabaría aquella amenaza que poblaba en los bosques.

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