26 ene. 2012

Comienzos XII

Desperté con frió en un carro que estaba en marcha. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Supuse que me había dormido cuando Bran me vendió y que aún iba de camino hacia a algún lugar que no conocía.
Sin embargo... tenía frío, ¿por qué?
Descubrí que alguien había sustituido mis vestimentas por un camisón sucio y roto, que dejaba pasar el frío por todo mi cuerpo.
Me sentó dolorida, hambrienta y con mucho sueño. Que extraño... si me acababa de despertar, ¿por qué estaba tan cansada? ¿tanto tiempo hacía que no comía que me rugía el estómago hasta el punto de hacerme daño?

¿Y todas estas heridas? Me pregunté al ver mi cuerpo magullado. Sentí mi rostro hinchado por algunos lados, como el labio inferior y el pómulo derecho. La espalda me ardía, y pude ver horrorizada algunas marchas casi frescas de algo parecido a... ¿latigazos? Me acordaría si me hubieran dado latigazos y una brutal paliza, ¿no? Pero no me acordaba, y eso era lo más inquietante.
Sentía dolor en el vientre, tenía moratones en las piernas de un color amarillento que me asustaba.
Y sentía un gran dolor punzante en...

Llegué a una conclusión lógica. Me habían dado una paliza, patadas, puñetazos... tan brutal que en algún momento de ella quizá me golpeé en la cabeza, y por eso no recordaba nada.
Tenía y sigue teniendo sentido, me desmayé y no me he despertado en días, por eso estoy tan hambrienta...

Pero entonces... ¿por qué mi cuerpo temblaba de puro pánico? No sabía por qué, pero tenía tanto miedo que mi reacción fue encogerme sobre mí misma. Tenía miedo de algo, algo que en ese momento no recordaba y que creo que nunca recordaré.

¿A dónde me dirigía?
Aquellos que escoltaban mi carro no estaban mucho mejor que yo, salvo dos hombres que parecían ser los líderes de todos.
Escuché algunas conversaciones a medias, pero no me enteré demasiado de lo que hablaban. Tampoco es que me interesara.


Pasaron las horas, y me seguía muriendo de frío. Cuando me vieron despierta los hombres sonrieron y jugaron conmigo, burlándose de mí o metiendo las manos en mi pequeña prisión. Pero estaba tan dolorida, cansada y hambrienta que no pude defenderme.


Al llegar la noche montaron el campamento. A mí me dejaron fuera, expuesta al frío. No parecían tener mucho interés en vigilar mis movimientos. Sabían que sería incapaz de escapar, y tampoco iba a pasar nadie por el bosque en mitad de la noche. Y mucho menos iba a molestarse en ayudar a una elfa escapar cuando cabía la posibilidad de que muriera a manos de mis cinco acompañantes.


Afortunadamente, al confiarse provocaron los acontecimientos siguientes.
Se fueron a dormir, y aunque había un esclavo vigilando por si acaso, también se quedó dormido.
Intenté quedarme dormida yo también, hasta que escuché un ruido leve provenir del bosque.
Sentí miedo pues... ¿y si era una bestia? Al menos estaba dentro de la jaula y no podría hacerme daño. Quizá incluso matara a los hombres y si, en un amago de fuerzas consiguiera salir, podría salvarme de mi Destino.

Mi imaginación abarcó infinitas posibilidades, excepto la que resultó ser la correcta.
En medio de la noche, vi a un hombre acercarse a mí.
Tenía mejores vestimentas que aquellos que me acompañaban. Oh, cuando lo vi mejor me di cuenta de que tenía orejas puntiagudas. Hacía tiempo que no veía un elfo. Su cabello era castaño, un poco más claro que el mío, y caía sobre sus hombros en una pequeña melena cuidada.

Se acercó a mí y abrió la cerradura de la jaula sin hacer el menor ruido. Mi cara mostraba asombro y miedo.
Me recogió con tanta delicadeza que me hizo olvidar el dolor físico, nos alejamos del campamento unos metros y se paró para apartarme el pelo de la cara y susurrarme:

-Ya ha pasado todo, tranquila.-Su voz me tranquilizó, era suave y armónica y no sentí ningún ápice de maldad en ella. Sin embargo, no pude evitar mirarle con más miedo que agradecimiento.

Me sentó y, como si adivinara mis pensamientos, me cubrió con su capa. No era mucho, pero un calor agradable me reconfortó.

-¿Quién eres?-Conseguí preguntar, con voz ronca, pues hacía mucho que no hablaba con nadie.

-Un amigo, no tienes por qué temerme.-Claro que... me habían traicionado, y no pensaba confiarme tan a la ligera.

-Nunca te fies de nadie.- Añadí más bien como un consejo que como indicando que no iba a confiar en él.

Pero me apretó contra sí como comprendiendo lo que pretendía decir, y continuamos alejándonos de aquel lugar.


Desperté en un campamento. Al principio pensé que todo había sido un sueño, pero luego me fijé en que era mucho más agradable y acogedor, y además era libre y vi al elfo sentado frente al fuego, limpiando su espada.
¿La habría usado mientras yo dormía?
Me acerqué a él, en silencio.
Tan solo me miró y me sonrió con algo de tristeza, sin dejar de limpiar su arma. Eso me hizo pensar que no quería que nadie se compadeciera de mí, así que casi con desprecio le pregunté:


-¿Qué quieres de mí?

-Llevarte a casa, con tu familia. Creo que es lo mejor ahora.-Aquellas palabras me dejaron desarmada. ¿Con mi familia? Eso era lo que más deseaba en ese momento.

-A...casa... ¿Y cómo sabes quién es mi familia o quién soy yo?
 
-Te pareces a tus hermanos, y tu padre me pidio que te buscara. Ambos partimos en tu busca, pero yo he sido el afortunado, quizas un poco tarde.

-Oh... yo... no quería que...-Empecé justificándome y disculpándome por haber provocado tantos problemas con mi escapada, pero me di cuenta de lo segundo que mencionó.-¿Tarde?
      
-Lo ultimo que queria era encontrarte en una carreta de esclavistas.-Sí, tenía sentido. Aunque me alegró que fuera él quien me encontrara, y no mi padre. Agaché la mirada, avergonzada. Me habían derrotado, no podía sobrevivir sola, lejos de casa.

-No recuerdo como he acabado ahí.-Dije sin más.
      
-Esta bien, no te preocupes. Entonces...¿quieres que te lleve a casa?

-Sí, pero...no quiero que sepan nada de esto.

Arqueó una ceja en gesto de duda, pero no tardó en comprender y asintió.
 
-No es ninguna deshonra, si es lo que piensas, pero de acuerdo.-Bueno, para mí si que lo era, pero no me parecía el mayor problema.

-No quiero que se preocupen demasiado.
     
-No hace falta que se lo cuente para que lo estén.- Aquello me hizo entender lo egoísta que había sido.

-Lo lamento...-Musité.

Pero no me contestó. En lugar de eso me sirvió en un cuenco de madera una suculenta comida que tenía un aspecto exquisito.

-Toma esto, creo que te va a gustar.

No respondí. Tenía tanta hambre que realmente no saboreé la comida. Mi estómago parecía agradecer que de nuevo le diera algo para alimentarme. Luego, cuando estaba algo más saciada, continué más despacio y saboreé mejor el plato. Estaba delicioso.
Al terminar, me di cuenta de que no había mencionado palabra. Y recordé lo que me dijo antes de empezar a comer.

-Desde luego.- Conseguí que mi rostro expresara media sonrisa.

-Y ahora, deberias seguir durmiendo.-Añadió mientras me sonreía, esta vez, contento.

-Sí... pero, ¿cuál es tu nombre?-Hasta ahora nunca había sido yo quien preguntaba los nombres, pero en esa ocasión quise saberlo.
    
-Norman, ¿y el tuyo?
  
-Kyra...creí que ya lo sabrías.- Añadí con algo de picardía.

-Ahora sé como te gusta que te llamen.-Sonreí.

-Buenas noches.-Concluí mientras me levantaba.
      
-Descansa, Kyra.
        
-Y... gracias, Norman.-No solía dar las gracias a todo el mundo, pero me sentía realmente agradecida con él.
  
-Créeme, ha sido todo un placer conocerte.
        
-Lo mismo digo...
    
Fui a dormir, y bajo el son de una canción que Norman tarareaba para sí mismo o... quería pensar que para mí, caí rendida, con la esperanza de volver de nuevo a casa.

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