3 ago. 2015

El cuerpo de la pobre infeliz cuya culpa ya pesaba sobre los hombros se retiró rápidamente. En un futuro dejaría de odiar aquella torre que eran nuestros dominios, cuando descubriera su potencial y dejase de temer a su propia naturaleza. Mientras, tendría que hacer por no destruir esa fragilidad de su mente, esa de la que tuvimos que deshacernos todos, y que en ella amenaza con cristalizar y quebrarse con ese niño.

Envidio el arrojo de los niños, la falta de inquietud aún en un lugar como en el que estaba. Temblaba cuando ella se marchó, casi con sensación de abandono. Pero con la poca fuerza que guardaba en su cuerpo, se atrevió a explorar, apenas alejándose de mí. Escuchaba lo que debía hacer, descansaba, huía de esas campanas y a veces hasta encontraba el modo de divertirse. Entre ruinas encontró una campana ya sin dueño, del paso del tiempo que ni siquiera perdona a esas criaturas que guardaban la torre... y descubrió el modo de hacerse pasar por ellas, casi haciéndose invisible a sus ojos. Eso le permitió explorar sin saber que yo misma le observaba. La curiosidad le podía, le guiaba más allá del miedo.

Se hacía fuerte en la oscuridad de nuestro hogar, se hacía receptivo a los cambios que se sucedían. Escuchaba, parecía comprender, asimilaba que lo que debía hacer si quería salvarse de la tragedia que estaba por caer sobre su cabeza. No sería un problema que pronto le sirviera, siguiendo a Therin como guardiana y protectora en su vida. Ambos se necesitan, se necesitan para alcanzar su beneplácito y por fin entender la liberación que está cada vez más próxima.

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