16 mar. 2011

Capítulo I

En el Primer Principio, Traenor gobernaba en la oscuridad, en soledad y en una duermevela insana. Soñando cosas que los mortales no pueden ni imaginar, siendo así el sentido de la existencia de todas las cosas que hay en el mundo. Nadie más podría desentrañar la gran trama de la vida diseñada por Traenor, solo los más próximos a los cielos pueden alcanzar una leve certidumbre. Por ello, nosotros, los Atalayas, alzamos nuestras torres hacia el cielo, con el deseo y el fervor de estar mas cercano a los dioses.

Los dos hijos de Traenor traerían las buenas nuevas de la vida. Su hijo, Cadeth, el menor de la casa, traería el valor y el coraje de luchar por lo que es justo, la rectitud y el equilibrio; mientras que su hija, la primogénita nombrada como Dierann, sembraría la duda y el misterio, traería la magia al mundo mortal. Dierann renegó de su padre, encerrado en la gran casa celestial, pugnandolo de indiferencia a lo que lo rodeaba. Y era cierto, los largos años habían acabado por enfríar el corazón de Traenor, pero no lo suficiente como para no llorar.

Las lágrimas de los tres dioses, abatidos por la disputa de la casa celestial, acabaron por caer en el Plano Material de la Gran Rueda, siendo así que se creara nuestro mundo. La gracia divina de la Trinidad convocaron a las primeras almas para poblar el nuevo mundo: Argonath

Dierann, todavía en el exilio por voluntad propia, huyó al plano supracelestial para dar a luz a su propio hijo, Aelthar. Este hijo, incompleto y deforme, recibió de su madre los dones del misterio, y de él nació la magia. Derramada sobre el mundo para descontento de Traenor, la civilización fue conocida como tal.

Aquellos que recibieron el Don de Aelthar, fueron los llamados magos y conjuradores, dueños del secreto
Aquellos que recibimos ojos para dislumbrar la realidad oculta en los cielos, fuimos llamados a Él, siendo nombrados Atalayas.

Que los Dioses nos bendigan con sus lágrimas

Manuscrito del Mundo Antiguo, Capítulo I,
El Primer Principio
El Nacimiento de Argonath
Por Atalay Friedrich

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