4 sept. 2011

El maestro

Seguía el rastro. Casi podía escuchar su frágil corazón, latiendo por sobrevivir a lo largo de los años que había robado al destino y a las almas malditas del infierno. No escaparía por mucho tiempo más. Pagaríamos el trato, tarde o temprano, aunque fuera con el último aliento del último de nuestros acólitos.

No eran instruidos con el odio, pero sí con el valor de las almas. Mi buen amigo, nigromante por excelencia, me había concedido una piedra de Erythnuul, capaz de convocar a muertos vivientes que entretuvieran mientras hacía el trabajo.
Quería medir sus fuerzas.
¿Cuanto habría progresado en aquellos años?

Apenas era un niño cuando había comenzado mi educación, y ya la soberbia le corrompía. Quería el mundo a sus pies, quería el mundo para verlo arder con el regusto del sádico. Quería tener el poder de las almas para tenerlas en su poder, marcandolo todo con un deje de melancolía falsa que a nadie podía engañar. Fingía una tristeza por la tierra que quería ver destruida

Aquel dragón plateado, prodigio que mis ojos podían ver, advirtió mi presencia. Su juventud le propiciaba a la curiosidad, que sería mortal en mis manos. Su potencial era grande, y su poder, mayor. Y la elfa que lo protegía era también valiente.

Allí estaba él. Ignorado por el tiempo. Seguía siendo un vanidoso, aún por el paso de los años. El combate fue rápido. Nuestras miradas se cruzaron, pero no compartimos la sonrisa con la que le obsequié. El dragón está herido, lo que le valdría como advertencia

El tiempo se le agota

1 comentario:

  1. Sol, como algún discípulo tuyo vuelva a hacer daño a mi niño te prometo que extermino a los magos. Incluyéndote.

    ~Kyra~

    ResponderEliminar