5 mar. 2015

La puerta se abrió de nuevo con lentitud, y el que abría vacilaba a la hora de entrar. El prisionero volvía a estar en aquella incómoda posición que acabaría por atrofiar su cuerpo, además de provocarle desmayos de tanto en tanto. En aquel instante parecía estar al borde de uno, pero se mantenía. Tuvo la fuerza suficiente para alzar la cabeza. y mirarle.

- Esto no va a ser agradable para ninguno de los dos.

Y comenzó aquel festival de emociones. No podía moldear la realidad, pero había aprendido a moldear la percepción de ella. Para cada individuo. Por suerte, gracias a Catherin y a aquel brebaje de la verdad, ahora sabía mucho más sobre él. Y otras tantas cosas que se atrevía a imaginar.

Cerró la puerta, evitando así distracciones del exterior, y comenzó a llenar aquel pozo de su extraña magia. Y con tesón y paciencia, comenzó a elevar su imaginación hasta convertirla en una realidad que el prisionero pudiera sentir. Aflojando sus cadenas, volvió a sentir algo en su castigado cuerpo. Alzaba la mirada para verse en un lugar diferente. Indefinido, cambiante.
Y a su alrededor, muchas personas, observándole fijamente. Todas ellas conocidas, aunque fueran frágiles recuerdos. Poco a poco, se acercarían a él a una velocidad pasmosa, comenzando a gritarle. Desde fuera, el reo comenzó a sacudirse al verse sorprendido por tantas voces dirigidas a él, ensordeciéndole.

Podría ser un monstruo, pero hasta los monstruos se veían superados. Todos los crímenes ante él se vieron repetidos, pero aún cuando esas ilusiones ya deberían ser de cadáveres, estos se levantaban y amenazaban con hacerle cumplir los mismos horrores por los que ellos habían muerto. Y no solo amenazas. Sin que fuera real, era capaz de sentir el miedo, tal vez un atisbo de dolor.
La tortura se alargó durante realmente poco tiempo, pero para torturador y torturado parecieron eones.

Cuando acabó, el silencio llegó con demasiado peso. Los dos estaban en el suelo, agotados, casi presas de la asfixia. Los dos habían visto lo mismo, con tal de cumplir ese castigo. No se miraron, y esperaron hasta volver a ser lo suficientemente fuertes como para huir, del otro y de sí mismos, de sus propios pensamientos.

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