11 ene. 2015

Otra vez el maldito pájaro, otra vez los malditos problemas. Algo iba mal de nuevo. Rápidamente, me deshice de los libros y de todo lo que me impidiese moverme. Había estado demasiado tiempo estático, inmóvil.

Justo en el momento en que abandonaba mi biblioteca, guardias buscaban mi presencia para darme la nota, la fina daga y también el anillo. Una recompensa absurdamente alta, pero que por la libertad de mi pequeña bien merecería la pena.
Roy estaba cerca para poder apreciar la situación, y no tardó apenas minutos en presentarse presto para la marcha. Ese era el único requisito que tenía para que me acompañase en aquella aventura.

Por suerte, tenía colgando de mi cuello aquella extraña brújula que realmente apuntaba hacia el lugar donde estaba la fuente de mi felicidad.
Apenas tardamos en aproximarnos. El ritmo que yo mismo exigía era quizás demasiado alto, pero no lo vi hasta que tuve a la pequeña entre mis brazos. No me hubiera importado enfrentarme a ellos, pocos que eran, en total soledad. Por suerte o desgracia, huían antes de poder hacer un enfrentamiento. ¿Qué pensaban que ocurriría? ¿Que se personarían apenas unos pocos soldados?

Al verles huir, temía que también se llevaran con ellos a mi hija. Y con la fuerza de la bestia en mi interior, aullé para llamarla.
Mi voz resonó por todo el bosque, casi apartando a toda criatura viva a mi paso. Casi escuché como algunos de mis hombres se detenían, sorprendidos. Pero no me detuve hasta que la escuché llamarme, asustada, llorosa.

La cogí y sentí su calor. No pararía nunca de meterse en problemas, eso parecía una certeza. Pero al menos me aseguraría de estar con ella si seguía sucediendo.

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