29 ene. 2015

El mundo podía estar cambiando en pocos momentos. Al fin y al cabo, las modificaciones más importantes de la historia de ese mundo habían ocurrido siempre en golpes tan contundentes como los que habían sucedido en ¿días? anteriores?

El dirigente de la mayor potencia que habitaba la tierra de Argonath se veía incapaz de contar los días que contaban después del asesinato del Emperador que se erigía sobre Dalanvor. Todo indicaba que su hermana, Morrow, tomaría su lugar, cambiando muchas cosas cuantas se conocían.
Tenía el poder para hacerlo, la determinación. Solo faltaba por ver si le dejarían cumplir ese cometido que había tomado durante algún tiempo.

Porque del mismo modo que él había muerto, ¿qué impedía que su misma persona corriese la misma suerte? ¿Acaso estaban allí reunidos para hacer una limpieza de cargos? ¿Las escisiones políticas eran solo una distracción para que no se fijase en el puñal que se alzaba para apuñalarle en la espalda? El mundo estaba convulso en esos momentos, y no sabía qué iba a ser de él.

Era curioso, porque incluso una muchacha... indefensa y frágil, únicamente protegida por el recuerdo de mi hermana ya se atrevía a alzar la voz contra mí. Y ella era la menos indicada para hacerlo, por ella misma y por a quien intentaba proteger.
Sentía rabia y a la vez miedo de que semejante figura le pusiese en duda, y a veces pensaba que lo único que necesitaba era exterminarlos definitivamente, no escuchar a nadie más que intentase ponerse en su camino. No importaría su edad, su identidad, su poder.
No acabarían con él tan fácilmente.

Porque en el último momento que escucharon las voces de lo Alto, les encargaron su cometido. Pero ya no se escuchó nada más. Y aquella muchacha había dado en el maldito clavo que hendía la carne e infectaba todo lo que alcanzaba. ¿Cuántos más habría como ella? ¿Cuanto tiempo tardarían en percibir que su poder mermaba?
Había intentado seguir el camino dictado, pero nada funcionaba. Estaba perdido en la propia seguridad que había forjado sobre su figura. Pero había empezado a perderse, a volverse invisible. Y en su interior, temblaba y temía, mirando a los cielos.

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