9 ago. 2016

La noche había caído ya sobre la ciudad que gobernaba. Todo era silencio salvo la vida que cruzaba algún pasillo, dejando las últimas tareas listas para poder al fin descansar.

Todos en mis aposentos ya dormían, me había asegurado cuidando de que todos los que eran mis hijos dormían apaciblemente y sin que nada pudiese perturbar mi sueño. Si había algo que les inquietase, necesitaba extraerlo para que pudieran seguir adelante.
Porque aquella noche era de cargar con demasiados miedos.

Me temblaban las manos y apenas era consciente de cuando parpadeaba. Mi visión frente a un espejo debía de ser de terror, pero no me atrevía a comprobarlo. Lo que había hecho que esa mujer permaneciera a mi lado, había vuelto. Lo que le había dado un poder desmedido, había vuelto. El motivo por el que temía más que nunca por su vida en intrigas de poder de desmedida intensidad. Ahora volvían con mi hija.

Era una extraña sensación, mezcla de demasiadas emociones. La ira por que ella cayó en una trampa. Las dudas por no saber el momento en que mis antiguos enemigos actuarían. Y la distancia, esa extraña indiferencia, hacia el daño que pudieran hacerme.

Volvía a sentirme cada vez más ajeno a todo. Sabía que podría contra todos los que quisieran oponerse a mí. Pero controlar todo ese poder para evitar dolor y sufrimiento a inocentes... todo eso parecía estar fuera de mi alcance.

Quieran los Dioses, si es que todavía me escuchan, poder sentir miedo otra vez.

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