28 abr. 2015

Ha salido del coche dando un sonoro portazo que ha hecho temblar todo el coche. A pesar de todos los golpes que ha recibido sigue siendo igual de insolente e igual de orgullosa como para fingir que no la han casi matado en la comisaría. No lo podemos negar, no podemos negar que sentimos, pensamos, nos movemos igual. Nada puede separarnos, por más que lo intente.

Incluso más allá de la muerte seguiremos unidos. Porque es el paso que dejamos en este mundo lo que nos mantendrá unidos. Y cuando yo desaparezca, ella seguirá pensando en mí. Su entorno y este mundo que se devora a sí mismo no le permitirá olvidarme. Tendrá que imitarme para poder hacerlo.
Si no puede ser mía, al menos arrastraré conmigo todos sus pensamientos.

La pistola todavía tiembla en mi mano. Pesa menos que de costumbre, y eso me tranquiliza. No quisiera equivocarme, después de todo lo que ha pasado y lo que está por ocurrir. Una pequeña sacudida a este micromundo de mugre y delincuencia.
Solo actué motivado por hacer el bien en esta ciudad, solo he eliminado a verdaderas alimañas de esta asquerosa ciudad. Y ahora necesita creer que desapareceré, que no volveré a aterrorizarles. Pero no.

Ni ella ni este cúmulo de personas que creen necesitar vivir en comunidad se librarán de mí. Alzo la pistola. Alguien me ve, en la distancia. Veo su cara de terror. Afianzo el gatillo, es sensible. Debo tener cuidado. Inspiro una vez más. Cierro los ojos. Escucho el grito de advertencia.

Hasta pronto, Nueva York.

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