14 abr. 2015

Todos los caminos conducen hasta un fin, y no podemos saber cómo serán hasta que caminemos en ella. El comienzo de aquella unidad como un grupo de personas que buscaban conocer y saber era casi pletórico. Y saber que ha tenido este final es casi vergonzoso. Curioso sin duda cómo las decisiones de algunas personas pueden acabar con tantas vidas, con tanta tranquilidad... pero nada dura para siempre.

Los cambios son necesarios, y eso era algo que ella ni siquiera parecía entender cuando todo indicaba que estaban perdidos. Morirían allí, juntos, pero de un modo demasiado absurdo. Yo solo quería hacer algo justo, algo equitativo a las tantas pérdidas que habíamos tenido.
No solo entre nuestros compañeros. También en la razón, en nuestros ideales, en nuestros propósitos. Poco a poco todo lo que éramos se había destruido. Y no solo no reparaban en ello, a veces incluso parecía ser que se daban cuenta y lo ignoraba, como si no tuviera importancia alguna.

Pero lograría acabar, del mismo modo que acabaría con ellos gracias a ese metal candente que tenía en mis manos, con todo lo que nos había corrompido. Se resistían a ello con dureza. Las ansias de vivir que experimentaban y que no habían mostrado al saber que moría lo que habíamos sido.

Llegaría el fin para ellos igual que el nuestro.

No importaban los muchos que cayesen en nuestro camino, ya estábamos rotos. Aquel que llegara hasta la meta se alzaría victorioso, igual que el puñal...
El puñal que alzaba cada vez con menos fuerza. El puñal que sostenía mientras ella me miraba con ese miedo, ese terror por no poder creer que se había atrevido.

Reculé para observar como el traidor se aproximaba a mí con furia inusitada. Me movía, pero todo se volvía oscuro. Quería vivir, pero apenas tenía fuerzas para ello. Sentía cada vez que mi rabia tenía menos sentido. Mis pensamientos se esfumaban, incapaces de llegar a algo coherente. Sabía de ese frío que me invadía y que muchos llamaban miedo.
Todo se desvanece.

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