3 nov. 2014

La noche era fría, y en el castillo parecía todavía más oscura y solitaria. Aunque no la viese a cada momento, le gustaba encontrarse ese paso alegre por los pasillos. Atrayendo la atención de los siervos, interrumpiendo sus trabajos. Corriendo de los guaridas o escuchando a través de puertas. Sabía que era una ilusión el hecho de que parecía que todo el lugar la extrañaba, pero lo sentía.

Nunca habían tenido un conflicto así. Nunca habían salido palabras de su boca de tal gravedad. Se arrepentía con todas sus fuerzas, y no volverían a darse. Pero quería darle el tiempo suficiente para que su corazón se calmase también.

Lentamente, se retiró de la ventana para volver a sus quehaceres, a ocupar la mente hasta que ella regresase. Pero entonces escuchó un lejano y largo aullido, que congeló la sangre en sus venas. Solo un aullido, algo habitual en algunas noches. Pero un mal presentimiento llenó su corazón, provocando que saliese corriendo. Tomó su capa y rápidamente se hizo al bosque.
La guardia, sin que necesitase ser llamada, acudió con él, siguiendo sus pasos.

Ladridos y más aullidos. Casi creía escuchar el grito de su niña, que tanto disfrutaba de estar en el bosque. ¿Sería posible?
Su respiración quemaba como nunca. Sus músculos ardían, pero no podía pararse. No podía perderla, no podía perderla a ella también. No podían entenderlo. Pero no era posible. Su corazón no sobreviviría a esa pérdida.

Grita el nombre de su hija hasta casi quedarse sin voz. Pero en mitad de aquella espesura, parece que el eco viene de todas partes, imposible de localizar.
Los guardias le siguen, iluminando precavidamente armados e iluminando aquella oscuridad. Sin razón alguna, se hace el silencio en aquel lugar. No más ladridos, no más aullidos. Y siente sumergirse en las tinieblas. La esperanza de que ella esté viva es la única hebra que le une a la vida.

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