6 nov. 2015

Esta noche se hace larga, entre pensamientos y recuerdos. Cuando no es posible dormir, pensando en lo que casi sucede delante de mis ojos... pero que pude evitar. Suerte que lanzó aquel grito hacia el vacío, los Dioses quisieron que hubiera alguien para escucharlo y acudir en su ayuda.

Pero... y estos son los pensamientos que me hacen esconder mi rostro entre las manos de pura vergüenza... sin esa tan peligrosa situación que hizo que su vida corriera peligro, la última conversación nunca hubiera tenido lugar. Todavía no he cruzado palabra con alguien, he preferido callar. De lo contrario, si empezara a hablar, la locura se haría total dueña de mí y empezaría a gritar. Lo compartiría todo, lo explicaría todo. Repetiría en forma de palabras todo lo que hice y todo lo que sentí. Y por supuesto, no es lo que ella querría.

Tampoco es soportable el silencio entre mis compañeros, que descansan después de un arduo día en la búsqueda de aquel intruso. Todos parecían orgullosos de que lo hubiera conseguido, decían que había consagrado mi lealtad para con la casa, algo que podría estar destinado desde que entré a trabajar allí, como un mozo de carga. Incluso el hombre al que prometí lealtad, al que prometí servir para que permanecieran a salvo siempre que estuviera en mi mano, me miraba de un modo diferente.

Una victoria secreta contra alguien que nunca había sido rival, pues ya lo tenía todo. Era extraño, pero sentía algo especial. Mientras dejaba que el tiempo pasase en aquella noche no demasiado fría, de cielo claro y con aquellas luces brillantes... algo había cambiado.

Incluso después de toda aquella euforia, seguía sin entender del todo, seguía sin sentir que esa alegría fuera mía. Otros sentimientos ocupaban y desbordaban aquella caja que siempre estuvo vacía. Hasta entonces.

No hay comentarios:

Publicar un comentario