4 feb. 2015

Cada día tenía que hacer un esfuerzo para entrar por aquella puerta con algo más de ánimo del que sentía. Al menos, una suave sonrisa que ofrecer a los que allí estaban.
El pueblo estaba bien, estable. Sus habitantes se dedicaban a sus quehaceres y hacía tiempo que se habían resguardado, preparándose para pasar otra noche. A lo que tenía que enfrentarme era a cómo pasar otra noche de mi vida en la tortura de la ignorancia.

Cerré la puerta preparando mi careta, aunque esa vez no me hizo demasiada falta.
La pequeña Catherin ya hacía por correr hacia mí, a través de esas escaleras que siempre se le hacían grandes. Bajaba un escalón y me miraba. Bajaba otro y volvía a mirarme, para comprobar que yo no me había esfumado mientras ella hacía por bajar lo más rápido que podía.
Me quedé al pie de las escaleras, agachado y esperando a recibirla con un abrazo. Se reía cuando la alzaba y la balanceaba un poco, como si fuera un juguete.

- Papiii, tardas muuuucho.

- Ya lo sé, pero estoy aquí y te voy a llevar a la cama, a dormir.

Entonces la pequeña enmudeció, pensando en lo que le había dicho.

- No hace falta, puedes tardar más si quieres. - dijo, asintiendo e intentando convencerme.

Ahora ame tocaba a mí reírme con ganas mientras subíamos a su dormitorio.
La acosté y arropé con cariño, acariciando su pelo, acariciando sus mejillas. Poco a poco se estaba quedando dormidita, pero seguía mirándome con atención.

- ¿No te irás más?
- ¿A dónde voy a ir?
- No sé... Lejos...

Me acerqué a ella para darle un besito en la frente, que agradeció con un suspiro de infinita tranquilidad.

- No voy a desaparecer. Te quiero, y por nada del mundo me iría lejos de ti.

Abrió los ojos una vez más solo para regalarme otra sonrisa, y caer suavemente dormida de forma definitiva. No sabía si podía hacerla feliz, pero mientras estuviera en mi mano jamás estaría sola.


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