6 ago. 2014

Le despertaron unos golpes en la cara, repetitivos, contundentes. Creía estar soñando, y más todavía cuando ella estaba en escena. Pero el miedo que había en su cara despejaba las dudas de si sería un buen sueño.

El vampiro hablaba, hablaba y hablaba. Tenía el poder en su mano, eso estaba claro, además de las armas que los Caminantes sostenían y apuntaban hacia su propia cabeza. Eso le hacía temblar. Tener miedo. No era una sensación nada agradable... Pero era cuestión de aguantar.
Aguantar los golpes, los tirones de pelo, la hoja de ese estilete casi cortando su cara... y una tortura terrible para los dos amantes.

Escuchar la confesión de ella, sus sentimientos al descubierto.
Su corazón explotaba de alegría por momentos, a la vez que llegaban las dudas de si sería sincero o solo mentía para complacer a su captor. No sabía qué prefería de igual modo.

Un arma contra ella o una mentira que podía destruirle.

Solo entonces, cuando la veía a sus pies, el vampiro comenzó a fijarse en ella. Dispuesto a destruirla, a usarla como aquella vez. Pero él había hecho una promesa. No creía ser capaz de contener tanta rabia e impotencia en su interior. Gritó desesperado, suplicando y deseando tomar ese cuello para quebrarlo en mil pedazos.
Así que usó el último cartucho que le quedaba por quemar... Casualidades tal vez, sería exactamente lo que haría.

Un conjuro plasmado en pergamino, presto a utilizarse una única vez. Ardería con todo, en una explosión que le liberaría. A un precio tal vez, pero sería una luz liberadora.
Dolor abrasador, el frío por entonces suelo. La libertad, y el cuerpo de ella abrazandose con fuerza mientras escapaban en la noche.

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