6 ago. 2014

El edificio todavía ardía con ferocidad, uniendo los focos de esas llamas para terminar de consumir aquella prisión temporal de horror y dolor.
Aquel ser, cuyo corazón también ardía, de rabia y de desprecio, yacía inconsciente en el suelo.

Las sirenas de los asustadizos humanos ya comenzaban a acercarse. Los Caminantes que todavía quedaban con vida lanzaron los cadáveres de los suyos al fuego, y tomaron al Cainita. Sabían que junto al fuego, este podía entrar en una rabia descontrolada o en un estado de pánico. Nada difícil de reducir, pero era mejor evitarlo.

Salen corriendo hacia las oscuras calles, buscando refugio. Cada vez eran menos los Caminantes que allí quedaban, atrapados en esa dimensión. Y no iban a dejarse atrapar por los insidiosos humanos que intentaban encontrar respuestas para todos. Sus cuerpos muertos tenían las calles de rojo, para después ser encontrados, cuando se apagase el fuego. Habría preguntas, pero ya estarían lejos de allí.

Una vez escondidos, el vampiro regresó a la consciencia. Observó tranquilamente el nuevo escenario en el que estaba, y suspiró con excesiva lentitud. No necesitaba respirar, pero todavía quedaba mucha humanidad en sus gestos, ¿por qué no en su corazón?
Aprieta los puños de forma que hasta los nudillos quedaron blancos.

- ¿Cuantos hemos perdido...?

La respiración de los Caminantes dominaba toda la habitación: enfermiza, todavía más si era posible a través de las máscaras.

- Varios. Nada importante.
- De acuerdo... ¿Y ellos?
- Escaparon tras el Fuego.

Esa afirmación le da la fuerza suficiente como para ponerse en pie. La rabia no podía ser contenida durante más tiempo. Así que, apretando los puños y alzando el rostro hacia el cielo, dejó escapar un grito de pura rabia que resonaría como recuerdo durante mucho tiempo en las profundidades.

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