18 dic. 2011

Comienzos V

Hasta ahora siempre he hablado de mí como una niña dulce, tierna e inocente. Bueno, es una descripción perfecta para una elfa de "apenas" cincuenta y cinco años (once humanos). A esa edad, los elfos no pueden considerarse adultos o sabios, más bien todo lo contrario. Cuando cumplí mis veinte años descritos como ya he mencionado, en realidad ya poseía el cuerpo de una joven con fracciones poco definidas. Por lo que sí, era una niña.

Sí, fui una muchacha tierna y dulce. Hasta que le llegó la muerte a mi madre. Fue entonces cuando todo cambió para mí, incluida mi actitud. Entonces me planteé muchas dudas, con mi cuerpo, mi futuro... y no tenía ningún referente materno al que imitar. Por lo que recordé un viaje que hice en el cual conocí a una mujer que volví a ver pocas ocasiones. Me fascinó su mirada altiva, su talante y superioridad. Cabe destacar la frialdad y la poca confianza en los seres que le rodean. Y... comencé a tomar ejemplo de mi tía Lys.

Mi familia se fue dando cuenta. Mi padre me miraba con dulzura y yo le correspondía con simple cortesía. Mi hermano Iefel prefirió ignorar mi actitud afirmando que era solo una etapa. Esa visión de mí me pareció absurda por su parte, por lo que no le di importancia y me limité a entrenar. De vez en cuando, cada mucho, iba a ver a mi tía para aprender más de ella de forma discreta. Aunque mi padre no estuvo de acuerdo en numerosas ocasiones. Dorek... continuó creciendo y lanzando risotadas por todo. Aunque a mi en ese entonces me parecieron indiferentes, ahora sé que realmente me conmovía.


Tardé una década entera en averiguar que era aquella sombra que avisté una vez en mi escondite del castillo. Quizá aún estaba algo asustada, porque era probable que resultase ser de un espíritu, por lo que durante un tiempo no me acerqué demasiado al lugar donde la vi.

Hasta que un día, mientras dibujaba y escondía la colección de dibujos que hice en la etapa en la cual murió mi madre (por si alguien los descubría) escuché ruidos. No era ni un lamento, ni un grito desesperado, ni tampoco un sollozo. No, más bien eran sonidos que creo que siempre había estado escuchando hasta entonces, pero que no quise hacer caso hasta que, quizá, mi propia mente, estuvo preparada.
Era el sonido de una respiración suave, y el leve murmullo de unas cadenas que rozaban entre ellas.
Lentamente, y armándome de valor (y de mi espada) me acerqué a aquella parte de mi escondite abandonado por un tiempo. Encontré entonces, un pequeño hueco hecho en la pared, donde daba paso a un lugar bastante húmedo. Al entrar, llegué a una habitación en la que era imposible que un elfo, humano o cualquier criatura (exceptuando enanos, gnomos, y demás) se pudiera poner de pie. Por lo que entré gateando.

Allí lo vi. Una figura negra sentada algo lejos de donde estaba yo, que se movía y hacía rozar unas cadenas que rodeaban sus muñecas. Cuando posó su mirada en mí, roja como el fuego, sentí miedo, pero no el mismo de cuando encuentro un espíritu, sino... el miedo de descubrir algo nuevo. Agradable, pero inseguro. Solo un pequeño recoveco dejaba ver un pequeño halo de luz, que se posaba en la piel negra de aquel individuo y reflejaba un leve matiz del tono plateado de su cabello, largo.
Aquel muchacho de temprana edad, aparentemente, me miraba como si estuviera a punto de morderme o abalanzarse sobre mí. Pero no me dio miedo.

-¿Qué estás mirando?- Le pregunté con tono de desdén.

-Tu pálida cara de elfa de la superficie.-Respondió el muy cretino. ("¿De la superficie?", me pregunté)

-Al menos no parece que me han quemado la cara, elfo chamuscado.

-¿Qué haces aquí?-Preguntó ignorando mi respuesta.

-¿Qué te importa? Aquí el intruso eres tú.-Sin embargo en ese momento me sentía yo la intrusa. Comenzó a hablar en un idioma extraño del cual no entendí ni una palabra.-¿Puedes repetirlo en mi idioma, si tienes agallas?

-Cualquier cosa que diga será difícil de entender para ti.-Murmuró el elfo más sabio del mundo y que conocía el límite de mi capacidad mental.-Pero creo que es obvio que no soy un intruso.

-Bueno, no te conozco, este es mi escondite y... estás encadenado. Algo habrás hecho, y no creo que sea bueno.

-Soy un invitado.-Soltó una breve risa amarga haciéndome entender la ironía de sus palabras.- ¿De que te escondes?

-Ya... pues... no me escondo. Bueno, huyo de la lección de hoy. ¿Tú por qué estás aquí?-Mi curiosidad echó a volar antes de que me hubiera dado cuenta.

-Porque tengo mal caracter y muerdo, asi que no preguntes más.

-¿Me vas a morder? Já.-Solté secamente.- Ni siquiera puedes acercarte a mí. Y, te advierto que voy armada.

-Eso es un palillo de dientes en tus manos.-Y mi orgullo se vio mancillado...

-De lo bien que lo manejo, claro.-...hasta que de nuevo lo recuperé.

-Creo que tu lección ya habrá terminado... Pero tal vez siga aqui si vuelves.-¿Era una invitación? si que se aburría este individuo para aguantarme en esa etapa de mi vida, ¿no?

-Eso no lo dudo... sin embargo... estaría bien averiguar que haces aquí.-Sabría que resultaría inútil preguntar.

- Ya te dije que no preguntes.

-¿Puedo saber tú nombre al menos?-Mientras preguntaba escuché voces lejanas que me llamaban. "Kyra", Escuché. Era mi tutora, y no podía permitirme que averiguaran este lugar. Me giré en dirección a las voces mientras añadía:
-Tengo que irme, bueno, ya sabes el mío. Adiós.

Tras un leve quejido por parte de mi interlocutor, quizá por mis numerosas preguntas, me respondió.

- Drek... y tu nombre es muy raro.

-El tuyo si que es raro. Volveré y... seguiré preguntando.-Soltó una verdadera risa. Al menos supe que aquel Drek sabía reír de alguna manera.

Me fui dejando la estancia con solo su presencia. Me cuestioné numerosas cosas, como...¿Qué hace ahí?¿Le darán de comer o se estará muriendo de hambre?¿Merece de verdad estar en esas condiciones?¿Qué criatura es y que idioma habla? Toda esa nube de dudas me hizo desconectar hasta que me topé de frente con mi tutora. No, la lección no había terminado y ese día me la tuve que aprender.

Tiempo después lo cambiaron a una mazmorra algo más "cómoda". Solían ser para una mayor estancia por lo que... sería el momento perfecto para descubrir esos misterios que guarda un exterior entonces desconocido para mí.

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