19 may. 2017

Dejarse caer a una oscuridad cada vez más intensa. Así debe sentirse el ahorcado, el que está a punto de llegar al suelo tras una larga caída, el que se envenena, el que se abre surcos en la piel o el que se apuñala directamente en el vientre durante sus últimos momentos antes de que la muerte bese sus labios y le invite a bailar eternamente a su lado.

El arrepentimiento llega siempre que es demasiado tarde, pero en este caso pude permitirmelo sin que la arena del reloj dejase caer su último grano en el fondo. Nunca un abrazo había sido tanto el sinónimo de vida cuando él decidió interrumpir aquel acto que acabaría conmigo. Y bendita interrupción.

Pensé en decirle "lo hago por ti, para que recuperes al amor de tu vida", aunque también lo hacía por mí, por volver a verle con esos aires de grandeza o tomando una o dos botellas de vino posiblemente robado. Pero no quería hacerlo. No cuando comprendí lo que todo ello suponía.

Deseo vivir, maldita sea. Necesitaba que los Dioses apretaran menos porque en ese punto en el que me encontraba no había otro camino más que ese. Y parece que escucharon mis súplicas. Ahora incluso me atrevo a respirar de alivio. A ver el final de este viaje, regresando a casa portando buenas noticias o al menos, con ausencia de malas noticias.

Quizá sea cierto, que como el suicida ansía otra oportunidad, cometí el error de ser descubierta. Solo espero que él no me odie y comprenda que en ocasiones la locura me vence.

Ya falta menos, los lazos entre todos nosotros se hacen más fuertes, y puede que incluso se nos una un nuevo compañero de viaje. Habría que hacerle consciente del riesgo que supone antes de que se atreva a decir que sí. Con o sin él, lo lograremos.

¡Hacía tanto tiempo que no me atrevía a reír de júbilo!
Y me muero de ganas, sí... Me muero de ganas de volver a casa, con Sol y decir a todo el mundo: ¡Maldita sea! ¡Os lo dije!

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