15 nov. 2016

Volver a casa era algo que no estaba en mis planes. Había imaginado mi final en aquella prisión en la que yo mismo había condenado a muchos otros antes que yo. No pensé que estaría tan cerca de ser mi tumba.

Ahora puedo tumbarme y buscar las estrellas para, sí, encontrarlas al fin. Fingir que duermo es algo que he practicado mucho, y Anna a mi lado parece satisfecha solo de estar conmigo. Ahí tenía mucho tiempo para pensar y recrearme en esa felicidad que guardo al verme libre. Pero tengo miedo de expresarme con libertad, con tanta alegría que se rompa el sueño que estoy viviendo ahora mismo.

Nunca pensé que mi querida hija tomase mi ausencia como algo planeado, como algo premeditado para estar lejos de todos. Aunque fuera un motivo vil, querría estar cerca de mi hijo para seguir reprochándole que lo dejó todo cuando aún había una guerra y posibilidades para ganar. Los he extrañado cada día, he tenido largos momentos para recordar momentos vividos, inventar otros, mezclarlos, confundir la realidad con mis propios deseos.

Hay tantas sensaciones que no controlo, tantos deseos. Buscar el perdón de la mujer a la que prometí amar. Demostrar a mi hija que merece la pena haberme salvado. Encontrar mi lugar en esta nueva vida sedentaria y desprovista de poder. Dar consuelo a este vacío que me llena, y que parece una suave calma. Tan perfecta y tan clara que me inquieta a su vez. Algo ha cambiado dentro de mí, y soy incapaz de saber qué es.

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