25 nov. 2016

A veces me pregunto qué pensaría Therin de la mujer en la que me estoy convirtiendo. Ya no existen los pies descalzos en la tierra, las flores en el pelo, la sensación de saber que esté donde esté, el calor de la naturaleza me arropará y me dará un aliento de vida. Ya no exiten verdades, ya no sé decirlas, no existe honestidad ni para mis seres amados. Ni siquiera para mí misma.

Ahora solo veo oscuridad, ambición, tentación. Soy Catherin, añorando esa bondad sin pretender recuperarla, extrañando esa naturaleza que no me atrevo a recuperar por pura vergüenza, por el sentimiento de merecer ese privilegio. Que no sabe sino decir una mentira tras otra, de una forma casi tan natural que empiezo a creerlas yo misma.

Es el precio a pagar. Podría volver a ser Therin, correr por el bosque, creer en la bondad de las personas. Podría llenar mi cabello de todas las flores posibles, amar a mi familia de una forma pura y sincera.

Pero no puedo. No, si no puedo volver a ver esos ojos que cambian de color, como si fueran un reflejo de mi propia alma atormentada. No, si no puedo sentir ese calor cuando me abraza, cuando escucho su voz dentro de mí, haciéndome saber que nunca jamás estoy sola. Sin esos besos que deseo y que odio desear. Que me hacen sentir miserable y rastrera al mismo tiempo que indefensa y completa. Ese odio que se está convirtiendo en amor.

Quisiera reprimir ese amor. Obligarle a marchar, en lugar de haberle pedido que nunca se aleje de mí.

O si no... Dejar de sentir esta culpa que quema tanto, esta sensación de traición. Poder sentir sin sentir.
De todos modos, ya me he perdido casi por completo. Si al menos acallo la voz que no deja de gritar de dolor... podré vivir en paz con la nueva Catherin Thross.

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