3 abr. 2016

Una nueva fuerza sacudía el bosque en su habitual quietud. Con profundos temblores espaciados en pocos segundos, algo se movía.
Algunas de las criaturas que habitaban allí ya se habían acostumbrado a la presencia de ese ser. Devorando árboles y atento a cualquier sonido que no perteneciera a algun animal que allí se había asentado para el fin de sus días.

Incluso aquella elflin que sólo deambulaba para observar y sanar a los árboles. No era como otros que entraban para refugio, huyendo de los depredadores. O los cazadores, que tomaban lo que necesitaban y luego se marchaban. Ella daba y a veces tomaba.
El bosque temblaba cada vez que ella se adentraba, como una emoción que sólo podía percibirse si formabas parte de él.

Entonces esa fuerza nueva permanecía quieta, sabiendo que todo iría bien. Incluso con aquella sensación incómoda que no había dejado de molestar desde que llegase.
Algo había entre aquellos árboles, piedras, ríos y vida que se asemejaba a una espina profundamente hendida en la carne. Algo no le dejaba descansar, pero tampoco sentía la suficiente voluntad para indagar y cumplir su función como protector del bosque.

Conocía la devastación que el paso de los hombres, elfos, enanos... podían hacer. Pero había algo más, algo que no sabía identificar. Temía en su interior. Las escamas le temblaban cuando, demasiado ocupado en buscar el buen alimento, se acercaba demasiado.

Quizás la elflin, en su infinita curiosidad que también era saciada cuando se acercaba a esa zona de espinas en el espíritu, pudiera ayudar.
Porque lo que antes parecía seguro, estaba manchado de esa sensación. Zonas del bosque ya no podían ser recorridas con libertad.
Algo malo sucedía, y por algo había llegado a ese vergel apenas descubierto.

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