23 dic. 2015

La soledad que reverberaba en aquella sala, gigante como era, ahora era habitada por una tristeza palpable. Pero no estaba todo perdido.

Ahora que nos hemos separado, cada cual en busca de sus intereses y prioridades, la ausencia se ha asentado como un nuevo ente. Pero que, para mí, no deja de tener enriquecedoras implicaciones. Y cuando tomo a nuestros hijos en brazos, no dejo de repetirles: está viajando para crecer, para aprender, para sentir. Volverá pronto y nos iluminará con su sabiduría.

Emma lo sabe, aunque no termine de entender todo lo que está ocurriendo. Pero sonríe y es más apoyo que quizás todos los que la aguardan con la misma impaciencia que yo.

Mientras mi nueva compañera termina de revisar los mapas que estamos imaginando juntos, me asaltan pensamientos. ¿Por qué esa huida de la realidad? ¿Hasta qué punto llegan a ser cadenas los que dicen amarnos? ¿Deberíamos deshacernos de todos salvo de aquellos con los que emprendemos una nueva vida?

Therin y yo, los pequeños hasta que tuvieran edad para volar. Que sean libres.

Y del miedo que sentía, como ellos, ahora quiero un camino diferente, lejos de esa asfixia que ejercen sobre un alma que podría dar todo y más si sólo pudiera volar.

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