5 jun. 2016

Hemos salido otra noche para conducir hacia ninguna parte, con gasolina robada, música que se escapa por las ventanillas abiertas y algo de alcohol que pasa de mano a mano. Hoy me ha tocado en la ventana, a través de la que me dedico a mirar. Es fácil que me aísle de todo mientras les escuche de fondo cantar.

Mañana es domingo y nos toca regresar a clases, de forma diferente desde que ella apareció de vuelta desde Moscú. Ha cambiado mucho, y parece que ya no tiene tanto miedo. Creo que le invadía más que a mí cuando nos conocimos.

Con la obsesión que tiene por contárselo todo a mi padre podría quebrarlo todo, pero a la vez me ha hecho recordar esa fantasía absurda que tenía de pequeña. Corriendo por la casa para encontrar a esa gigantesca familia que nunca he conocido y que ahora sé que no tengo. Quizás podría estar habitada por sus amigos, por otros músicos, por Falk, por Andrea... Hacer nuestra vida todos juntos, unidos, considerándonos una familia de verdad aunque esté rota.

Quizás sea un sueño que todavía se pueda cumplir, si ella quisiera.
El móvil sigue en mi bolsillo y podría llamarla, es fácil. Proponerle algo, una idea, intentar que lo pensara al menos... y acabo de ver a un lobo enorme cruzar la carretera. ¿Qué? Un lobo gigantesco. Atravesando la carretera en perpendicular, detrás de nosotros. Creo que nadie lo ha visto. Estaban en el punto álgido de la canción que les obsesiona ese mes.

Un escalofrío. El viento que entra por la ventana se hace insoportable de golpe. A Natt no parece importarle que me eche en su hombro, incluso me abraza. Es como recordar una pesadilla. Y la idea de llamar... se esfuma.

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