24 dic. 2013

Días de viaje

Ya no sangran las heridas cuando me pongo en camino. Hemos tenido un poco de tiempo para asimilar todo lo que ha ocurrido, para recuperarnos, para ser conscientes de lo que hemos perdido.
Mi familia está rota, y yo estoy a punto de quebrarla más todavía. Pero es un precio a pagar. Si tengo éxito, todo volverá a ser como era, más o menos felices, pero unidos.

En la oscuridad de la noche, y eclipsados por los llantos de las gentes que encontraban a sus familiares entre los cadáveres, las sabandijas abundaban.
Aquellos que todavía vivían, inconscientes o quizás aturdidos en aquella marea de sangre, eran atrapados para ser llevados como mercancía al que pudiera afrontar el mejor precio.

Esclavos. Esa era mi mejor apuesta. Tenía que arriesgarme, pues no tendría vuelta atrás. Pero... ¿qué otra opción tenía? Me puse en marcha.
Intento olvidar el dolor que me producía separarme de mis allegados una vez más. Había formado una familia para abandonarla. No se lo merecían. ¿Cuándo se cansarían de todo aquello? Pero tenían que entender, debían entender.

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He despertado en la oscuridad, en mitad de la noche.
A mi alrededor había... cuerpos. Cadáveres. Estaban mutilados, destrozados. Lo poco que pude discernir de sus ropas demostró que eran Atalayas...
Y las mías estaban manchadas con su sangre.

Me siento temblar, furioso. Como si una mínima provocación pudiera hacerme estallar. Me sentí así desde que empezó la guerra. Tenso. Iracundo.
... ¿Yo... yo les he matado? Sin control, sin medida, y ahora sin fuerzas. ¿Qué me ha ocurrido? La fuerza de mi sangre parece ahora controlarme a mí... Y a su vez, me consume.

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