28 abr. 2015

Ha salido del coche dando un sonoro portazo que ha hecho temblar todo el coche. A pesar de todos los golpes que ha recibido sigue siendo igual de insolente e igual de orgullosa como para fingir que no la han casi matado en la comisaría. No lo podemos negar, no podemos negar que sentimos, pensamos, nos movemos igual. Nada puede separarnos, por más que lo intente.

Incluso más allá de la muerte seguiremos unidos. Porque es el paso que dejamos en este mundo lo que nos mantendrá unidos. Y cuando yo desaparezca, ella seguirá pensando en mí. Su entorno y este mundo que se devora a sí mismo no le permitirá olvidarme. Tendrá que imitarme para poder hacerlo.
Si no puede ser mía, al menos arrastraré conmigo todos sus pensamientos.

La pistola todavía tiembla en mi mano. Pesa menos que de costumbre, y eso me tranquiliza. No quisiera equivocarme, después de todo lo que ha pasado y lo que está por ocurrir. Una pequeña sacudida a este micromundo de mugre y delincuencia.
Solo actué motivado por hacer el bien en esta ciudad, solo he eliminado a verdaderas alimañas de esta asquerosa ciudad. Y ahora necesita creer que desapareceré, que no volveré a aterrorizarles. Pero no.

Ni ella ni este cúmulo de personas que creen necesitar vivir en comunidad se librarán de mí. Alzo la pistola. Alguien me ve, en la distancia. Veo su cara de terror. Afianzo el gatillo, es sensible. Debo tener cuidado. Inspiro una vez más. Cierro los ojos. Escucho el grito de advertencia.

Hasta pronto, Nueva York.

22 abr. 2015

Salto o quietud

Me acerco demasiado a un abismo del que sé que no puedo escapar. Es como una terrible corriente de agua que corre en espiral hacia un pozo de dolor. Llevo demasiado tiempo acariciando sus aguas, como el que se acerca a un río para sentir el frescor de su carga.

Y aunque mire al cielo para evadir ese impulso casi irrefrenable por saltar, veo oscuras nubes que anuncian una tormenta destructiva, poderosa y terrorífica. No tengo salida, y sin embargo sí opciones. El salto o la extraña quietud. La necesidad de cambiar las emociones que me invaden hacen que escuche una poderosa invitación... hacia ese pozo.
Seré destruido, pero se romperá la monotonía, el despertar de nuevo con una agonía en el corazón.

No sé si creer de veras que no hay esperanza, que el que ha sido mi luz y mi camino a seguir es ahora alguien del que debo huir. Tal vez ellos siguieron caminando mientras yo sigo esperando del mismo modo en aquel pasado en que todo parecía acabar.
Tal vez él no sea el enemigo, el que me hiere, que me hace sufrir. Solo es su recuerdo que no dejo escapar en el tiempo.

Una mano me sostiene ahora, evitando que salte. Tal vez sea mejor esperar, cerrar los ojos y pensar en otra cosa. La tormenta podría huir.

14 abr. 2015

No suelo escribir mis pensamientos pero... necesito desahogarme. Sobre el papiro, las letras y las palabras llegan por sí solas, sin necesidad de pensarlas demasiado. Solo mover la pluma y derramar palabras. Como una ponzoña que mata si no se extrae a tiempo.

Mis miedos... mi rabia... el dolor... todo eso ha sacado lo peor de mí. Pensé en la venganza, pensé en luchar yendo a por todas, sin pensar nada más que en sobrevivir. Me he sentido impulsada por mis instintos más primarios. No es algo anti-natural, pero es contra lo que siempre he luchado. La violencia y la venganza.
Fui la primera en atacar y... ¿también la última? No lo sé, solo recuerdo mi mano sobre el vientre de esa mujer, mis labios murmurando un conjuro y un calor saliendo de mi mano, que se vio bañada por la sangre de ella.
No sé si fue el último golpe, pero al menos fue uno muy violento.

Creo que ya van tres veces que la palabra violencia se escribe sobre este papiro. Cuatro.

Zekkyou dice que él acabó con ella después de mi ataque. Pero... no puedo evitar que una parte de mí dude. Ya se tambaleaba, ya reculaba aún cuando en su último impulso me clavó el frío acero en el hombro. Todo se volvió oscuro para mí, ¿pero quién me dice a mí que no ocurrió lo mismo con ella poco después? ¿A mis manos? De una oscuridad de la que nunca pudo escapar.

Mis manos están manchadas de sangre, y una parte de mí teme una sombría y terrible realidad.
Y todos mis ideales desaparecen cuando todos esos oscuros sentimientos se apoderan de mi ser.
Todos los caminos conducen hasta un fin, y no podemos saber cómo serán hasta que caminemos en ella. El comienzo de aquella unidad como un grupo de personas que buscaban conocer y saber era casi pletórico. Y saber que ha tenido este final es casi vergonzoso. Curioso sin duda cómo las decisiones de algunas personas pueden acabar con tantas vidas, con tanta tranquilidad... pero nada dura para siempre.

Los cambios son necesarios, y eso era algo que ella ni siquiera parecía entender cuando todo indicaba que estaban perdidos. Morirían allí, juntos, pero de un modo demasiado absurdo. Yo solo quería hacer algo justo, algo equitativo a las tantas pérdidas que habíamos tenido.
No solo entre nuestros compañeros. También en la razón, en nuestros ideales, en nuestros propósitos. Poco a poco todo lo que éramos se había destruido. Y no solo no reparaban en ello, a veces incluso parecía ser que se daban cuenta y lo ignoraba, como si no tuviera importancia alguna.

Pero lograría acabar, del mismo modo que acabaría con ellos gracias a ese metal candente que tenía en mis manos, con todo lo que nos había corrompido. Se resistían a ello con dureza. Las ansias de vivir que experimentaban y que no habían mostrado al saber que moría lo que habíamos sido.

Llegaría el fin para ellos igual que el nuestro.

No importaban los muchos que cayesen en nuestro camino, ya estábamos rotos. Aquel que llegara hasta la meta se alzaría victorioso, igual que el puñal...
El puñal que alzaba cada vez con menos fuerza. El puñal que sostenía mientras ella me miraba con ese miedo, ese terror por no poder creer que se había atrevido.

Reculé para observar como el traidor se aproximaba a mí con furia inusitada. Me movía, pero todo se volvía oscuro. Quería vivir, pero apenas tenía fuerzas para ello. Sentía cada vez que mi rabia tenía menos sentido. Mis pensamientos se esfumaban, incapaces de llegar a algo coherente. Sabía de ese frío que me invadía y que muchos llamaban miedo.
Todo se desvanece.

3 abr. 2015

La tormenta que había sido la batalla ya se escapaba del cielo. Dos guerras se habían librado en aquel lugar, algunos sin que fueran conscientes de la segunda. Más pequeña, más frágil, más intensa. No se derramaría tanta sangre pero pasara lo que pasara... había demasiado que perder. Nadie obtuvo una victoria total.

Ni el pobre diablo que invocaba a sus monstruos para que protegieran su cuerpo e hicieran algún daño mientras moría. Ni los hechiceros que volvían a perder a uno de los suyos. La familia que por poco quedaba rota luchaba por mantenerse unida y a la vez alejarse de aquel enemigo que por poco se declaraba imbatible. Y el extraño trofeo todavía descansaba en sus manos, con desconocidos propósitos pero como arma para actos terribles.

El tiflin todavía se sentía inseguro sobre sus pies mientras se apoyaba en su propia hija para mantenerse en pie, observando el cadáver de aquel hombre que casi lo ejecuta de la forma más vil.
Tiembla, al recordar que casi lo consigue con su hija, y no puede evitar sentir un escalofrío. Ninguno de los que en pie quedaban entendían lo que había ocurrido, pero imaginaban la magnitud de lo que podía haber sido. Y en sus cuerpos todavía quedaba el miedo por la intensa lucha, por el miedo a morir por cualquier espada. Porque mientras ellos luchaban por evitar una sola muerte, fingían otra que tanto daño había hecho a los mortales, y que evitaría tantas otras.

Demasiados eventos en lo que parecían horas y quedaban reducidos a unos míseros minutos. Ellos habían sufrido, y el mundo había temblado con ellos.